Rafael soltó una carcajada incrédula. Su mandíbula se tensó, mientras que lo miró con frialdad.
—¿Me estás despidiendo, Max? ¿Tú? ¿El hombre que intentó llevarse a mi mujer y a mi hijo anoche? Tienes mucha cara. Esta empresa creció gracias a mi gestión. ¿Acaso tú eres quien se va a encargar de ella?
—Mi padre es el dueño, Rafael. Y yo soy su heredero. Estás fuera. A partir de este momento, tus accesos a las cuentas del consorcio están bloqueados. Tienes diez minutos para recoger tus cosas pe