Una semana después.
Anabela llevaba no sabía cuánto tiempo mirando la pared cuando se dio cuenta de que Emma estaba llorando. El llanto llegaba amortiguado, como si su hija estuviera en otra dimensión y no a dos metros de distancia. Sabía que tenía que levantarse, sabía que Emma tenía hambre, pero su cuerpo pesaba toneladas y la simple idea de moverse le parecía imposible.
Max salió del baño con el pelo mojado cayéndole sobre la frente. Se quedó congelado en la pue