La mansión Ashford en Hampshire olía a pavo, a canela y a la tensión particular de una familia que lleva meses sin estar en la misma habitación y que va a intentar cenar juntos como si eso fuera algo que la gente normal hace sin necesidad de un tratado de paz previo.
Eleanor supervisaba la cocina desde su silla en la cabecera del comedor porque a sus ochenta y tres años ya no cocinaba pero seguía dirigiendo con la autoridad de una mujer que podía hacer llorar a un chef profesional con una sola