La casa de Hampstead estaba en silencio a las once de la noche, ese silencio particular de las casas grandes cuando los hijos se fueron y lo único que queda son dos personas que llevan décadas juntas y que a veces necesitan el silencio para escucharse mejor que con palabras.
Max estaba en su estudio con un whisky que llevaba una hora sin tocar y la mirada perdida en la ventana donde el jardín inglés se adivinaba bajo la luz de una luna que entraba a medias entre las nubes. Anabela entró sin to