La sala de conferencias de Ocampo Industries estaba en completo silencio cuando Hugo Ocampo cerró la puerta tras de sí. Su expresión era indescifrable, pero el peso de su mirada cayó directamente sobre Anabela.
Habían pasado dos días desde el rescate. Dos días de declaraciones policiales, informes médicos y reuniones interminables con agentes federales. Dos días en los que Anabela apenas había dormido, perseguida por el recuerdo de esa navaja presionada contra la piel de Max.
Y ahora estaba aquí. Frente a su familia.
Bueno, frente a Victoria e Isabel. Damián no había aparecido. Ni siquiera había llamado.
—Explícame —dijo su padre con voz controlada— por qué acabo de recibir una llamada de mi abogado diciéndome que mi hija fue secuestrada por la familia Ivanov.
Victoria se puso de pie bruscamente, su rostro perfectamente maquillado retorcido en una expresión de furia apenas contenida.
—Esto es ridículo, Hugo. ¿De verdad vas a creer esta historia absurda? Lila jamás haría algo así.
—Lil