El suero seguía corriendo por las venas de Max como fuego líquido. Cada pensamiento era una lucha. Cada palabra que quería retener se escapaba de su boca sin filtro.
Observó a Anabela mientras Lila salía de la bodega. Su expresión era una mezcla de determinación y miedo. Pero había algo más. Algo calculador en sus ojos que Max no había visto antes.
"Tiene un plan. Espero que sea bueno."
Porque el suyo acababa de irse al carajo.
—Anabela —susurró cuando estuvieron solos de nuevo—. No elimines ese programa. Es nuestra única ventaja.
—Lo sé —respondió ella sin mirarlo.
—¿Entonces qué...?
—Confía en mí —repitió.
Max quería confiar. Quería creer que tenía alguna carta bajo la manga. Pero el suero le hacía dudar de todo, incluso de su capacidad para protegerla.
Intentó hacer un inventario mental. Sus armas le habían sido quitadas. El rastreador que la Agencia le había implantado estaba activo, pero eso significaba que podrían tardar horas en localizarlo. Y para entonces...
Para entonces amb