LXXVII

Alexander no se detuvo, estaba desesperado. Continuó jugando con mi cuerpo un buen rato, haciendo lo que quería con él. Provocando que me pusiera excesivamente húmeda, negándome el orgasmo cuando se le ocurría e incluso haciendo que llorará del placer. Ya no aguantaba más, todo mi cuerpo temblaba.

Sin embargo en el momento de mayor debilidad el me volteó y comenzó a hundirse en mí. No tuvo piedad alguna, fue duro, doloroso incluso. No pude evitar gemir desesperada mientras mis ojos se volteaba
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