Era el día: secuestraríamos a Alexander, por fin consumaría mi venganza ante aquel hombre que se había burlado de mí y me había traicionado de aquella forma tan cruel. Sin embargo a pesar de la euforia un vacío me carcomía por dentro: yo no estaba hecha para la maldad, me costaba mucho destruir a la mujer amada y transformarla en una femme fatal pero ya no había opciones.
Después de que que él se enamoró de mi hermana, después de estar en coma años perdiéndome la vida de mi hija por salvarle la