Los días pasaban y yo me aferraba con desesperación a lo poco que quedaba de mi vida con Firenze. No pensaba irme de la casa. Me esforzaba más que nunca en ser el padre ejemplar, el esposo que siempre había prometido ser. Pero Firenze se alejaba cada vez más, construyendo un muro invisible entre nosotros. Intenté todo o, al menos, eso creí: pasé más tiempo con los niños, les di más atención, como si en cuestión de días pudiera reescribir la historia de nuestra familia. Pero nada funcionaba.
Aun