Firenze regresó a casa con una determinación que no pude ignorar. Algo en ella había cambiado. Su actitud ya no tenía nada que ver con su depresión ni con cualquier otra excusa previsible para justificar sus ausencias. Ya no era la fragilidad de las semanas previas: estaba más fría, más distante, más consciente de todo lo que había estado ocultando. Y lo peor de todo era que yo mismo la había obligado a volver.
Mis padres habían llegado de sorpresa a la ciudad para visitar a los niños, y no pod