Firenze apretó el teléfono contra su pecho. Su respiración se agitó y su mirada, antes calmada, se tornó un torbellino de frustración y enojo. No podía culparla. El miedo y la rabia se reflejaban en sus ojos mientras me miraba, y yo, como siempre, quedé atrapado entre mis propios miedos y mis mentiras.
—¿Lo sabías? —preguntó con voz tensa.
No pude responder. Las palabras se me atoraron en la garganta, y mi mente comenzó a girar, buscando una excusa, una justificación, cualquier cosa para desvia