En el asiento del copiloto, Aurelio escuchaba los sollozos y gritos del señor Cárdenas y no pudo evitar fruncir el ceño, suspirando internamente.
Si lo hubiera sabido antes, ¿por qué actuar así?
Días atrás ya había advertido al señor Cárdenas que enfrentara sus verdaderos sentimientos, pero en ese momento él insistía con firmeza en que jamás se arrepentiría.
En la mansión familiar.
A pesar de las súplicas y lágrimas de su nieto, esta vez Eduardo se mantuvo inflexible.
La pequeña esperanza de rec