—¡Ay, qué travieso eres! —se escuchó una voz femenina, dulce y coqueta, dentro del baño, lo que hizo que a cualquiera se le erizara la piel.
Para Isabella y su prima Joseffa, la voz sonó como si la persona al otro lado del teléfono no hubiera colgado, sino que hubiera contestado y estuviera escuchando a alguien hablar.
Isabella respiró aliviada. Había una persona ajena en el baño, lo que significaba que no podían seguir hablando de sus asuntos. Le dio una mirada significativa a Joseffa, y ambas