—¡Atrápenla! —gritó Isabella con desesperación.
Celeste salió corriendo de la cabaña, pero la luz brillante del exterior la obligó a cerrar los ojos momentáneamente. Aun así, siguió corriendo, tambaleándose hacia adelante.
Sin embargo, el hombre la alcanzó rápidamente y la sujetó.
—¡Suéltame! ¡Déjame ir!
—¡Sujétenla! ¡Sujeten a esa perra, hoy voy a darle una lección! —gritó Isabella, que se acercaba con una mano aún en su abdomen.
El hombre, con una expresión grave, le dijo:
—Señorita López, tod