Rodrigo se detuvo junto a la puerta, ya con la camisa puesta pero sin la chaqueta, que colgaba de su hombro con elegancia descuidada. El contraste entre el hombre que acababa de bromear con el gato y el hombre que estaba a punto de enfrentarse al mundo corporativo era evidente, pero su mirada seguía anclada en la mía.
Se acercó un paso más, acortando la distancia por última vez. Me tomó la cara entre las manos, obligándome a sostenerle la mirada.
—Alexandra, escúchame bien —dijo, y su voz y