El beso se volvió un refugio, Rodrigo me levantó con suavidad, como si temiera que el encanto se rompiera con un movimiento brusco, y me llevó hacia la habitación. El único rastro de luz que quedaba era el resplandor de las farolas de la ciudad que se filtraba por las cortinas entreabiertas.
Allí, entre el roce de las sábanas y el calor de su piel, el mundo exterior terminó de desvanecerse. No hubo prisa, solo una exploración lenta y pausada. Cada caricia de Rodrigo era una promesa, un "estoy