Cuando cerré la puerta de mi nueva oficina, el silencio me cayó encima como una losa. Me quedé ahí parada, mirando el escritorio de madera oscura que parecía demasiado grande para mí. Me quité los tacones, que ya me estaban matando y caminé descalza sobre la alfombra hasta el ventanal. La ciudad se veía diminuta desde aquí, pero la presión en mi pecho se sentía enorme.
"Paso a paso, Alexandra", me dije, tratando de calmar los latidos de mi corazón.
Me senté y encendí la computadora. Lo prim