Sentí cómo la intensidad del momento se suavizaba cuando un peso familiar aterrizó de un salto en el extremo de la cama. Un maullido corto y exigente rompió el silencio sagrado de la habitación.
—Eh, Milo... ¿Cómo estás, pequeño? —dije, estirando una mano para acariciar las orejas de Milo, que ya caminaba con paso decidido sobre el edredón, reclamando su territorio (y su desayuno).
Rodrigo se incorporó un poco, apoyándose en un codo. La sábana cayó por su torso mientras observaba con una