Capitulo 83

‎Sentí cómo la intensidad del momento se suavizaba cuando un peso familiar aterrizó de un salto en el extremo de la cama. Un maullido corto y exigente rompió el silencio sagrado de la habitación.

‎—Eh, Milo... ¿Cómo estás, pequeño? —dije, estirando una mano para acariciar las orejas de Milo, que ya caminaba con paso decidido sobre el edredón, reclamando su territorio (y su desayuno).

‎Rodrigo se incorporó un poco, apoyándose en un codo. La sábana cayó por su torso mientras observaba con una
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