Al abrir los ojos, antes de ver nada, lo sentí a él. El peso de su brazo sobre mi costado y ese calor constante que parecía querer filtrarse bajo mi propia piel. Me quedé inmóvil, apenas dejando que el aire entrara en mis pulmones, temiendo que cualquier movimiento brusco rompiera el hechizo de la mañana.
Giré la cabeza con una lentitud milimétrica. Ahí estaba él. Rodrigo seguía dormido, con el rostro hundido a medias en la almohada. "Sin esa armadura de seriedad y control que solía llevar