Mundo ficciónIniciar sesiónRodrigo volvió, y se detuvo en seco al ver el vacío. No estaba mi padre, no estaba mi madre. Solo estábamos Layla y yo, dos sombras rotas en medio de una habitación que olía a muerte y antiséptico.
Me encontró en un aislamiento total, envuelta en un caparazón de dolor que ni siquiera su presencia podía perforar. Ni siquiera levanté la vista para mirarlo. Me sentía de piedra, con la carta de mi padre arrugada y empapada en mi puño.






