Mundo ficciónIniciar sesiónCuando entramos en la habitación 402, el tiempo se detuvo. Mi madre se levantó de un salto, con el rostro desencajado. Al verme, soltó un grito que era mitad alivio y mitad agonía. Se abalanzó sobre mí, rodeándome con sus brazos, apretándome con una fuerza desesperada mientras sus lágrimas mojaban mi cuello.
—¡Hija! ¡Mi niña!, —sollozaba, hundiéndose en mi hombro. Pero mis ojos solo tenían lugar para él. Me zafé suavemente y pedí a






