Me quedé en silencio, conteniendo la respiración, con los ojos fijos en su mano pálida que descansaba sobre la sábana. El mundo exterior dejó de existir, no había médicos, ni pasillos, ni amenazas, solo nosotros dos en ese centímetro de espacio.
—Por favor... —susurré una última vez, casi sin aliento.
Y entonces, sucedió.
Fue un movimiento casi imperceptible, apenas un roce contra mi palma, pero para mí fue como un terremoto. El dedo índice de Alexandra se contrajo, una, dos veces, buscan