Yo me quedé petrificado, apoyado contra la pared opuesta. Ver a los médicos sudando sobre el pecho del hombre que Alexandra más amaba me hacía sentir una impotencia que me quemaba las entrañas. Si Luis moría ahora, ¿qué le diría a ella cuando despertara? ¿Cómo podría decirle que la encontramos, pero que él no pudo esperarla?
—¡Otra vez! ¡Carguen a trescientos! —gritó de nuevo el médico.
El caos de las batas blancas ocultaba el cuerpo de Luis por momentos. Yo solo podía mirar el reloj en la