Aris no dudó en correr persiguiendo a su hembra.
Diana no tenía ni la menor idea de lo mucho que encendía a su lobo interior con aquella persecución.
Había llegado el momento.
No más juegos.
Ella era suya e iba a dejárselo saber, incluso aunque tuviera que convencerla de la manera más caliente que pudiera.
Mientras ella corría podía sentir el aroma de su miedo y deseo mezclarse con uno más dulce que tenía días oliendo.
¿Ella no se había dado cuenta o él lo estaba imaginando todo?
De repente, s