CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

Me muerdo el labio inferior, obligándome a mantener la vista fija en la pantalla mientras se reproducen de nuevo las imágenes de seguridad. El brillo del monitor proyecta un tono azulado por toda la habitación, reflejándose en las estériles paredes blancas de la oficina de seguridad del hospital.

Roux había pedido revisar la grabación, con la esperanza de detectar algo, cualquier cosa, que Antonio y yo pudiéramos haber pasado por alto. Había llorado desconsoladamente antes, sollozando hasta que me dolió todo el cuerpo. Tal vez lo necesitaba. Tal vez tenía que dejar que esa oleada de dolor me inundara antes de poder pensar con claridad de nuevo. Antes de poder... funcionar como una madre desesperada por encontrar a su hijo.

Ahora, los cuatro —Antonio, Roux, Zella y yo— nos s

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