CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

Afuera, el cielo nocturno se extiende sobre nosotros, la luna brillante y casi llena, proyectando una luz plateada sobre los terrenos del hospital. El aire es fresco, propio del comienzo del otoño, con aroma a pino y tierra.

El camino a la casa de la manada es tenso, lleno de palabras no dichas y preocupación. El sendero serpentea a través de un denso bosque, los árboles, con sus hojas en tonos naranja y rojo a la luz de la luna, serían hermosos en cualquier otra circunstancia. Ahora, solo parecen lugares donde mi hijo podría estar escondido, sufriendo, llorando por mí.

Al llegar a la enorme estructura de piedra y madera que sirve de casa de la manada Colmillo Sangriento, el exterior parece tranquilo y normal, tal como Antonio lo desearía. Mantiene esta crisis contenida, controlada. Solo unos pocos miembro

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