ELÍAS
Algo anda mal.
Me despierto con ese pensamiento clavado en el pecho, agudo e insistente. Abro los ojos y veo la luz matutina filtrándose por las cortinas, pero la inquietud habitual —esa constante presencia de Zella en algún lugar de la manada— se siente diferente.
Apagada.
Como intentar escuchar bajo el agua.
Me incorporo despacio, presionando una mano contra el esternón, donde yace el vínculo. Ella sigue ahí. Puedo sentir su presencia, esa atracción magnética que me ha estado volviendo