CAPÍTULO NOVENTA Y OCHO

ELÍAS

Algo anda mal.

Me despierto con ese pensamiento clavado en el pecho, agudo e insistente. Abro los ojos y veo la luz matutina filtrándose por las cortinas, pero la inquietud habitual —esa constante presencia de Zella en algún lugar de la manada— se siente diferente.

Apagada.

Como intentar escuchar bajo el agua.

Me incorporo despacio, presionando una mano contra el esternón, donde yace el vínculo. Ella sigue ahí. Puedo sentir su presencia, esa atracción magnética que me ha estado volviendo loco durante días. Pero está... distante. Fría.

La calidez que usualmente irradia a través de la conexión —ese roce apenas perceptible de sus emociones que se filtra incluso a través de un vínculo incompleto— ha desaparecido.

El pánico me golpea como un puñetazo en el estómago.

¿Está herida? ¿Enferma?

Cierro los ojos, concentrándome en ese vínculo que nos une, intentando percibir si algo anda mal. Intentando sentirla. Así he estado durante días sin siquiera quererlo.

Nada.

Solo esa frialdad huec
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