ELÍAS
Miro fijamente la misma página que llevo intentando leer los últimos veinte minutos, y las palabras siguen sin tener sentido.
El libro —un tratado sobre protecciones feéricas avanzadas que normalmente me fascina— bien podría estar escrito en un idioma que desconozco. Mis ojos recorren el texto, pero no registro nada. No se me queda nada.
Lo cierro de golpe, con más fuerza de la necesaria, y lo arrojo sobre la mesita de noche.
El silencio en mi habitación resulta asfixiante.
He pasado tres