CAPÍTULO DIEZ

Mi loba se eriza, no precisamente de miedo, sino de cautela. Me enderezo, irguiéndome todo lo que puedo: un mecanismo de defensa lamentable contra un Alfa, pero instintivo al fin y al cabo.

—Disculpa —dice mientras se acerca, su voz amigable pero con esa nota subyacente de autoridad que todos los Alfas parecen poseer.

—¿Puedo ayudarte? &md

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