La cafetería huele a café recién hecho y bollería caliente, el aire vibra con la conversación tranquila y el suave siseo de la cafetera. La luz del sol se filtra por los grandes ventanales, capturando las motas de polvo que danzan en el aire. Por esto me encanta trabajar aquí: este pedacito de vida normal en medio de mi caótica existencia. Limpio la barra de madera pulida con movimientos practicados, mi cuerpo en piloto automático mientras mi mente vaga muy lejos. Me cuesta todo lo que tengo no revivir la humillante escena de anoche, mantenerme presente mientras trabajo. Las manos aún me tiemblan ligeramente al recordar las crueles palabras de Antonio, mi cuerpo vibra con restos de rabia, humillación y algo más, algo que no quiero nombrar porque nombrarlo lo vuelve real.
La campanilla de la puerta suena, cortando mis pensamientos de tajo.
—Bienvenido a West...—, digo automáticamente, esbozando mi sonrisa de cajera mientras volteo hacia la entrada. Las palabras se me mueren en los labi