CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO

Antonio

El olor a miedo y traición me invade la nariz mientras rodeo la silla donde Aziel está sentado, atado con cadenas de plata. Mi mejor amigo. Mi consejero más confiable. Ahora resulta ser el artífice de mi peor pesadilla.

Cada paso resuena en el salón principal. Generaciones de mis antepasados me observan desde sus retratos, sus ojos pintados juzgándome por no haber visto la serpiente que tenía a mi lado.

—¿Dónde está mi hijo? —gruño, inclinándome lo suficiente para oler el sudor en la frente de Aziel. Su camisa, antes impecable, está rota y salpicada de sangre.

Los ojos de Aziel —ojos a los que he confiado mi vida— me miran desafiantes. —No sé de qué ha

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