—Suéltame.
Mi corazón latía descontrolado bajo mi pecho al mismo tiempo que las náuseas me hicieron contener el aliento.
Lejos de soltarme, el imbécil frente a mí sostuvo mi brazo con más fuerza.
De repente se quita la máscara que estaba cubriendo su rostro pero no me sorprende ver al imbécil frente a mí porque ya sabía quién era.
—¿Me extrañaste, nena?
Tiré de mi brazo con los dientes apretados.
Tenía la necesidad de estar lo más lejos posible de él.
—¡Dije que me dejes!
—Esa