POV: Alma
Lo supe en el momento en que sonreí: ya no podía echar pie atrás.
—Sí —digo—. Quiero responder.
Mi voz suena más estable de lo que esperaba. Por dentro estoy a medio centímetro del temblor, pero nadie aquí tiene por qué saberlo.
La vampira de la cabecera asiente, cortés.
—Adelante, señorita Trish.
Respiro.
Bien. No estoy sola. Ahora hablo.
—Lo primero —digo—. No soy “caso Trish”. Soy Alma Trish. Si vamos a hablar de mí, usen mi nombre completo. No soy un ejemplo clínico de manual.
Un par de cejas se levantan. Nadia parpadea, muy profesional. Ignacio finge que toma notas.
—En segundo lugar —sigo—. Me han descrito como “hipervigilante”, “tendiente a la fantasía”, “influenciable en contextos de autoridad dominante”. Todo eso aparece en ese borrador.
Señalo la pantalla. No tiemblo.
—No digo que nunca haya tenido miedo —añado—. Lo tuve en el bus, lo tuve en la clínica, lo tuve en Sonata. Pero una cosa es tener miedo, y otra es que ese miedo se use para borrar lo que sí estaba vie