POV: Alma
Despertar esta vez es distinto.
No siento que me esté quemando viva. Me duele todo, sí, pero es un cansancio denso, no esa urgencia desesperada de anoche. El calor sigue ahí, bajo la piel, como brasas en vez de fuego.
Miro el techo blanco, la luz cálida, la misma habitación de Frederic. Sigo aquí.
Golpean suave.
—¿Puedo pasar? —pregunta la doctora Herrera.
—Sí.
Entra con la tablet y el tensiómetro. Me mira como quien ya ha visto muchas así.
—¿Cómo te sientes? —pregunta.
—Como si me hubiera atropellado un bus, pero al menos ya no estoy debajo —digo.
Sonríe apenas.
Me toma la presión, el pulso, me toca la frente.
—La medicación ayudó —dice—. El pico fuerte pasó. Pero sigues en celo. Ahora viene la parte de ola larga: subidas y bajadas, calor, sensibilidad rara, sueños intensos. No como anoche, pero tampoco “normal”.
—¿Cuánto va a durar? —pregunto.
—Días —responde—. Quiero tenerte aquí al menos veinticuatro horas más. Cuarenta y ocho si notas que el cuerpo se dispara otra vez. A