Atrevidos. 4
El domingo amaneció perezoso, con la bruma aún pegada a las ventanas y el silencio de la casa apenas interrumpido por el canto lejano de algunos pájaros. Aileen dormía profundamente, enredada entre las sábanas, con el cabello desordenado y un gesto de tranquilidad que pocas veces lograba tener. El sonido vibrante del teléfono rompió aquella calma, la pantalla iluminó la mesita de noche y el tono insistente de llamada llenó la habitación.
El cuervo, que había pasado la noche en su cuarto, se sob