Mientras esperaba a Samuel en el vestíbulo, recibí una llamada de un amigo de Puerto Céfiro.
—Alejandra, ¿dónde has estado estos días? No te hemos visto.
—Tengo algunos asuntos personales que atender.
—¿Por qué no vienes a reunirte con nosotros?
—No, gracias. Diviértanse ustedes —sonreí.
—Espera, no cuelgues... Mira, es Javier. Está muy mal, está borracho y no escucha a nadie. Si no estás ocupada, ¿podrías venir? Nos preocupa que le vuelva a sangrar el estómago.
—Llamen a Camila.
—Alejandra, Jav