—Samuel...
—No estoy soñando. Eres tú, Alejandra, ¿verdad?
De repente, tomó mi rostro entre sus manos. Tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban. Sus ojos nublados por el alcohol mostraban confusión, incredulidad y una inexplicable amargura. Mi corazón se encogió de dolor.
—Samuel, no estás soñando. Soy yo, Alejandra...
Antes de terminar, sentí sus labios sobre los míos en un beso suave y delicado. Apenas pude reaccionar cuando ya me había soltado. Al ver mi expresión de sorpresa y nervi