ARTEM
Nunca pensé que la felicidad pudiera tener un aroma tan específico. Si me hubieran preguntado hace un mes, habría dicho que el éxito olía a pólvora, a cuero caro y al metal de un motor recién apagado. Pero hoy, mientras observo el vaho que sale de mi boca en el aire frío de la mañana, sé que la felicidad huele a madera de pino recién cortada y al guiso que Naia está preparando dentro de la cabaña.
Hemos tomado una decisión. No ha sido una orden de la Bratva, ni un movimiento estratégico d