Artem
El tren de aterrizaje golpeó la pista con un estruendo que me devolvió a la realidad de golpe.
El cielo de Estados Unidos era gris, pesado, muy distinto al azul infinito que habíamos dejado atrás en Grecia habíamos permanecido un mes y medio en la villa del acantilado.
Seis semanas en las que el tiempo pareció detenerse, donde el ruido de las balas fue sustituido por el de las olas y donde, por primera vez en mi vida, me permití ser algo más que un monstruo.
Miré a Naia, que estaba se