Naia
El frío de Moscú no es como cualquier otro es un frío que te muerde los huesos, que te recuerda a cada paso que estás en una tierra que no perdona la debilidad al bajar del jet, el viento gélido me azotó el rostro, borrando de un plumazo el último rastro del calor de Grecia que aún quedaba en mi piel.
Frente a nosotros, rodeada de un despliegue militar que me dejó sin aliento, estaba Katia.
Llevaba un abrigo de piel negro que le llegaba hasta los tobillos y unos guantes de cuero impecab