Los actores-cocineros samurai rebanaron, cortaron y giraron cubos de carne mientras mi amiga y yo reíamos y aplaudíanos como niñas en un circo. Aunque me resultaba imposible creer que de verdad a ella gustara alguien, me parecía la única explicación lógica a su alegría, pero más me costaba creer que aún no se hubiera acostado con ese sujeto («¡Dos semanas y media viéndonos constantemente en la universidad y nada! ¿No estás orgullosa de mí?»). Cuando le pregunté por qué no le había visto por el