Por suerte, el Borrador se terminó a las ocho y media de la noche y, tras recogerlo de las manos de una ayudante artística de aspecto agotado, Eliza y yo bajamos juntas hasta la calle Cincuenta y nueve.
Ella portaba un montón de perchas con prendas envueltas en plástico recién salidas de la tintorería. Me explicó que esa encomienda siempre acompañaba al Borrador.
Markus llevaba su ropa sucia a la oficina y a mí me correspondía, qué afortunada, llamar a la tintorería y comunicarles que tenía