Él terminó su repaso, lento y tortuoso de mi porte y aspecto físico y luego se alejó del mostrador mientras yo seguía tartamudeando incoherencias.
Notaba que el calor me subía por el rostro, un sofoco fruto de la confusión, la molestia y la humillación, de haber tenido la mirada burlona de mi jefe sobre mí, eso me hizo sentir más insegura y peor conmigo misma.
Levanté con brusquedad mi cara sofocada y comprobé que, por supuesto, Eliza también me observaba, pro ella lo hacía con expresión de