Los días comenzaron a tejerse en una rutina de esperanza y espera. Laura llegaba a la clínica cada mañana, poco después del amanecer, con el aroma del café recién hecho aún aferrado a su ropa, un pequeño ritual que la anclaba a la normalidad antes de sumergirse en el silencio expectante de la habitación 172.
El personal de la clínica ya la reconocía, saludándola con sonrisas comprensivas y gestos de ánimo. Se había convertido en una presencia tan constante como el suave pitido de los monitores