La tarde se deslizó hacia la noche con la lentitud propia de las vigilias hospitalarias. Laura leyó un par de capítulos más del libro que había empezado para Alex, su voz un murmullo constante en la quietud de la habitación 712.
Realizó los pequeños rituales de cuidado: humedecer los labios de Alex, asegurarse de que las sábanas estuvieran lisas, susurrarle palabras de ánimo que se perdían en el silencio. Pero bajo la superficie de su compostura, crecía una corriente subterránea de anticipación