El aire nocturno golpeó con fuerza cuando la silueta femenina se lanzó por la baranda de la terraza. El vestido negro se agitó como un ala rota antes de que desapareciera en el jardín. Romanov permaneció inmóvil, de pie en la penumbra, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el punto donde ella se desvaneció.
No hubo sorpresa en sus ojos. Tampoco rabia. Solo esa quietud peligrosa que lo caracterizaba cuando algo salía exactamente como lo había previsto.
Una sonrisa lenta, apenas perc