Ella miraba presa de pánico a Eros, su mano temblaba y su otra mano se aferraba en un puño en su vestido. Se notaba desquiciada, llena de sudor en su frente y sus ojos desorbitados.
—¡Gracie, suelta el arma! —le gritó Eros.
La mujer era una adulta quizás en sus cincuenta o poco menos, con cabello ya canoso y una piel muy pálida. Sus ojos eran oscuros, de estatura baja y de una mirada de autoridad e intimidación que en ese momento estaban llenos de incertidumbre. Gracie lucía asustada, aterrada