Capítulo 40. Allegra
Máximo:
De los tres meses que llevo en Italia, he salido un par de veces fuera de la villa. La tranquilidad que se respira aquí es envidiable; la brisa fresca que recibo mientras descanso en una hamaca me hace desear quedarme eternamente en la terraza, disfrutando de la comodidad del lugar.
En Ravello siento que los problemas no existen, como si no hubiera una Maribel llamándome por teléfono dos o tres veces al día, o como si Alexia jamás me hubiera engañado.
No puedo negar que el recuerdo de Alexia vive en mí. Es una lucha constante, una que sé que ganaré algún día, pues no creo que el amor por una mujer que no se merece nada siga vivo eternamente…
«¿o sí?».
Intento poner la mente en blanco para no recordarla, pero mis esfuerzos se ven interrumpidos por unos gritos. Me incorporo de la hamaca y me asomo por el balcón; a lo lejos veo a una mujer discutiendo con uno de mis guardias de seguridad. Bajo a toda prisa por las escaleras hasta llegar a la entrada principal. El guardia tira de