La oscuridad de la noche ya había caído por completo, y la ciudad parecía respirar al unísono, cubierta por una capa de misterio. Aitana, sentada frente a una mesa en una de las habitaciones más alejadas del complejo subterráneo donde se encontraban, no podía dejar de pensar en la magnitud de lo que se estaba por desatar. Aunque había dado un paso adelante, ahora la incertidumbre pesaba más que nunca.
A su alrededor, Elena organizaba una serie de documentos, todos llenos de nombres y direccione