La mansión estaba en un silencio sepulcral. Los empleados estaban más silenciosos que nunca. Algunos ya habían descubierto a mi preciado secreto andar por la mansión, otros podrían haberse hecho una idea de lo mal que estaba la situación. Pero lo que era seguro, es que la tensión podía respirarse en el aire.
Fui directo al ala restringida, encontrándome a Charlotte con los ojos cerrados y la intravenosa conectada al reverso de su mano. La solución seguía cayendo en el macrogotero. El doctor Be